Hay cárceles que poco o nada tienen que ver con ningún juicio o condena pero que, sin embargo, son las más crueles de la historia de la humanidad. Son cárceles sin barrotes ni guardias ni ningún tipo de sistema de aislamiento o complejos -o sencillos- métodos de tortura o trabajos forzados.
La cárcel funciona sola y, ¡no se ve!
No hay manera de escapar y, muchas veces, ni siquiera posibilidad de evasión mental.
Apenas una mínima luz tenue entra por una rendija o maltrecha ventana, una mínima luz de esperanza y contacto con el mundo exterior.
Esas cárceles están por todos lados, en todo el mundo, y no distinguen sexo, ni edad, ni religión ni status social. ¡Pero nadie las ve porque son invisibles, precisamente!
Y como nadie las ve, muchos creen que están a salvo o que no existen.
Quizás, alguna vez, habrán oído alguna oscura leyenda que apenas les resuena en la memoria y de la cual descreen sin esfuerzo. Otros, no han visto la cárcel pero conocen a los presos pero, igualmente, creen que pueden escapar por el sólo hecho ingenuo de sentirse libres de culpa y cargo. ¡Como si se tratara de un juicio! ¡O como si los caídos en desgracia lo merecieran por algún extraño ajuste de cuentas con quién sabe quién!
No obstante, esas cárceles son tan reales y palpables como dolorosas.
Este blog está destinado a hablar de ellas, de mi cárcel y de la de muchos más: mi cárcel, mi cuerpo enfermo.